La historia de la ciencia ficción en Colombia presenta una trayectoria singular dentro del contexto latinoamericano, marcada por una aparición temprana, una evolución discontinua y una persistente marginalidad frente al canon literario dominante. Sin embargo, lejos de ser un género periférico o meramente imitativo, la ciencia ficción colombiana ha funcionado como un laboratorio de ideas desde el cual se han cuestionado la modernidad, la autoridad del conocimiento, la tecnología, el poder político y la condición humana. Su desarrollo revela una constante tensión entre sátira social, especulación crítica y experimentación formal.
Uno de los rasgos más
llamativos de esta tradición es su origen geográfico. A diferencia de lo que
ocurre con otros géneros literarios en Colombia, la ciencia ficción no surge en
Bogotá ni en los centros institucionales del país, sino en la región Caribe,
particularmente en Barranquilla. Esta ciudad, a comienzos del siglo XX, era un
espacio atravesado por la modernidad: puerto de entrada de mercancías, ideas,
revistas extranjeras, avances tecnológicos y discursos científicos. En este
contexto urbano, cosmopolita y relativamente alejado del control cultural
centralista, se generaron las condiciones propicias para que el género
emergiera como una forma de reflexión crítica sobre el progreso y la ciencia.
El punto inaugural
suele situarse en 1928 con José Félix Fuenmayor y su obra Una triste aventura
de catorce sabios. Este texto, considerado el primer relato de ciencia ficción
colombiano, no adopta un tono épico ni futurista, sino satírico. La reducción
física de un grupo de científicos tras un fenómeno cósmico funciona como una
alegoría del “fetichismo científico” y de la fragilidad de la autoridad intelectual.
En lugar de glorificar la razón y el saber técnico, Fuenmayor los expone al
ridículo, anticipando una de las líneas más persistentes del género en
Colombia: la desconfianza frente a los discursos de poder legitimados por la
ciencia.
En 1932, José Antonio
Osorio Lizarazo amplía el horizonte del género con Barranquilla 2132, una
novela que puede leerse como una de las primeras distopías latinoamericanas. El
recurso narrativo del protagonista que despierta tras dos siglos de hibernación
permite contrastar el presente del autor con un futuro aparentemente ordenado y
eficiente. Sin embargo, esa sociedad futura ha sacrificado la espiritualidad,
la memoria y la libertad en nombre de la racionalización absoluta. La obra
expresa temores asociados a la mecanización de la vida, al control de las
élites tecnocráticas y a la pérdida de lo humano, preocupaciones que dialogan
con debates internacionales de la época, pero que adquieren un matiz particular
en el contexto colombiano.
Un tercer hito temprano
es Viajes interplanetarios en Zeppelines que tendrán lugar en el año 2009
(1936), de Manuel Francisco Sliger Vergara. Este texto introduce por primera
vez en Colombia la figura del extraterrestre y el viaje espacial, incorporando
de manera explícita imaginarios propios de la ciencia ficción popular
anglosajona. Su estilo, influido por las tiras cómicas y la cultura visual
estadounidense, revela la temprana inserción del país en circuitos culturales
globales. Aunque a menudo considerada una obra menor desde el punto de vista
literario, su importancia histórica radica en la ampliación temática del género
y en la apropiación local de modelos narrativos transnacionales.
Tras este prometedor
inicio, la ciencia ficción colombiana entra en un periodo de relativa
invisibilidad. A partir de los años cuarenta y durante buena parte del siglo
XX, el campo literario nacional se ve dominado por otras preocupaciones: la
violencia partidista, el realismo social, la literatura testimonial y, más
adelante, el realismo mágico. En ese contexto, la ciencia ficción es percibida
como un género ajeno a la “realidad nacional” o como una curiosidad marginal,
sin un espacio claro dentro del canon.
No obstante, esta
marginalidad comienza a ser cuestionada gracias a figuras que asumen una labor
tanto creativa como crítica. En este sentido, René Rebetez ocupa un lugar
central. Su ensayo Ciencia ficción: la cuarta dimensión de la literatura (1966)
constituye el primer intento sistemático de pensar el género desde Colombia, no
como entretenimiento escapista, sino como una herramienta de conocimiento y
reflexión filosófica. Rebetez entiende la ciencia ficción como una forma de
pensamiento especulativo capaz de ampliar la percepción de la realidad y de
intervenir en los debates culturales del presente. Su antología Contemporáneos
del porvenir (2000) cumple una función decisiva al reunir textos, trazar
genealogías y ofrecer una narrativa histórica que legitima la existencia de una
tradición nacional de ciencia ficción.
En el siglo XXI, la
ciencia ficción colombiana experimenta una renovación significativa, tanto en
términos temáticos como formales. Los autores contemporáneos se distancian
deliberadamente de los modelos del realismo mágico y de la literatura centrada
exclusivamente en la violencia histórica, para abordar problemáticas globales
desde una perspectiva local y crítica. Aparecen con fuerza temas como la
vigilancia tecnológica, la manipulación mediática, la biopolítica, el colapso
ecológico, el poshumanismo y la identidad en un mundo globalizado.
Dentro de esta
producción reciente destaca Jorge Aristizábal Gáfaro, cuyos relatos combinan
ciencia ficción, parodia y crítica cultural. En textos como La delación,
incluido en la antología ¿Sueñan los androides con alpacas eléctricas? (2012),
se plantea la existencia de una guerra intergaláctica secreta en la Tierra
entre especies extraterrestres, superpuesta a la vida cotidiana humana. Este
cruce entre lo cósmico y lo íntimo permite una lectura alegórica de los
mecanismos de poder, la traición y la obediencia, al tiempo que subvierte las
convenciones del género mediante el humor y la ironía.
Desde una perspectiva
historiográfica, la ciencia ficción colombiana adquiere un valor particular
porque desestabiliza el relato dominante de la literatura nacional. Al apartarse
del realismo testimonial y del folclorismo, estos textos introducen el
extrañamiento como estrategia crítica. No niegan la realidad social, sino que
la reformulan a través de la especulación, permitiendo pensar el presente desde
futuros posibles, sociedades alternativas o tecnologías imaginadas. En este
sentido, la ciencia ficción colombiana no es una evasión, sino una forma
distinta de intervención cultural y política.
En conjunto, esta tradición revela una línea subterránea pero persistente, que acompaña los procesos de modernización, crisis y transformación del país. Su estudio no solo enriquece la comprensión de la literatura colombiana, sino que invita a reconsiderar los límites del canon y a reconocer la ciencia ficción como un espacio legítimo de reflexión sobre la historia, la tecnología y la condición humana.


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